martes, 17 de junio de 2014

Lo que queda de las elecciones

Teniendo la necesidad de expresarme sobre lo ocurrido en las más recientes elecciones presidenciales en Colombia, escribo lo siguiente a modo solamente de opinión, surgida de la observación.

Colombia salió el 15 de junio a las urnas a expresar varias cosas, ninguna de las cuales puede plenamente ser considerada su voluntad democrática, puesto que el modelo mismo de funcionamiento de la democracia permite que muchos, tal vez demasiados, elementos culturales afecten la elección en escalas nacionales y personales. Repito, la democracia fue pensada de ese modo, y se espera que una elección –especialmente la presidencial- exprese tanto de la cultura nacional como sea posible. Por tanto, es adecuado bajo el lente de la democracia que tantas formas culturales salgan a la luz tan claramente como lo hicieron el 15 de junio en Colombia. Especificando:

La Retribución: Me permito explicar mi opinión: Históricamente, y antes incluso de que existieran las elecciones, la democracia y los cargos políticos, las sociedades humanas hemos sido vengativas y retributivas. No nos es suficiente decir lo que pensamos, sino que tenemos la necesidad emocional de demostrar el error del contrario y recibir sus disculpas, disfrutando así de su derrota. Los ejemplos de esta actitud tan humana abundan, tanto en la historia antigua como la moderna, al igual que en la historia personal de cada uno, por lo que resulta engorroso y por demás innecesario citarlos. Con todo, el hecho permanece. En este sentido, Colombia se mostró vengativa al salir a votar en contra de varias cosas, a saber:

  • La guerra irregular contra las fuerzas insurgentes
  • La persistencia derechista en la vía militar
  • La bien conocida utilización de métodos ilegales para la captación de información

Todas las cosas citadas arriba son representadas en la mente popular colombiana por el llamado uribismo, que al ser analizado no es otra cosa que el conservatismo más extremo, o la famosa extrema derecha. Aquella de la que Kurt Cobain, vocalista de Nirvana, manifestó sentirse asustado, puesto que es sinónimo de guerras y destrucción. En Colombia llevamos ya medio siglo sufriendo, directa o indirectamente, las consecuencias de este conflicto. Lo llamo conflicto puesto que apenas hasta hace unos pocos años fue reconocido oficialmente como tal, lo que significa que se pueden utilizar los recursos legales y/o diplomáticos para su resolución. Cabe decir que el gobierno uribista nunca aceptó reconocer el conflicto armado como tal, y se limitó a tratar a los insurgentes como rebeldes sin motivo ni razón, dejándoles así ningún otro camino que la exterminación total por la vía militar.

Confieso que hace algunos años, yo mismo era partidario aguerrido de esta opción. Yo mismo abogué por el fortalecimiento de las estructuras militares en todos los niveles para ayudar a combatir la insurgencia. Con el tiempo, he cambiado de opinión y he llegado a creer firmemente que, más allá de mis convicciones militares –que no he perdido- lo que debe hacerse con las fuerzas insurgentes es darles participación política y opciones de empleo para los combatientes. Pero la actitud vengativa de la sociedad no permite que esto suceda. Al hablar con un gran sector de la sociedad, se encuentra fácilmente que pocas personas están dispuestas a votar por excombatientes o excomandantes insurgentes, mucho menos darles trabajo en sus empresas. Solamente cárcel en su pena máxima (65 años en Colombia) parece ser la única opción que la sociedad admite para los excombatientes desmovilizados. Sea claro: la pena máxima es vista como una opción porque en Colombia no existe la pena capital; si tal fuere el caso, esta sería la única opción aceptable para este sector de la sociedad.

Aquí surge un problema adicional, cual es el de la religión mal practicada.

La Religión: La derecha política ha sido tradicionalmente relacionada con la religión. Por ende, los valores más conservadores han sido usualmente esgrimidos por la derecha como elementos definitorios y determinantes de sus campañas políticas. Sin embargo, en la práctica de la campaña quedó claro que los valores religiosos no son más que un discurso político trasnochado de votantes de disciplina con poco criterio social, y menos criterio político aún. La derecha política arguye en sus iglesias que como cristianos deben perdonar y aceptar al pecador en busca de redención, y que todo el juicio le pertenece a Dios, pero no aceptan que los excombatientes y excomandantes sean integrados a todos los estadios de la sociedad civil como empleados, trabajadores, empresarios ni políticos. Así mismo, arguye que la guerra continuada es la única solución para un conflicto que ellos no reconocen, pero son los primeros en buscar evitar que sus hijos presten servicio militar. No obstante lo anterior, los votantes derechistas apoyan estas iniciativas solamente cuando no sean ellos quienes tengan que aportar para el esfuerzo de la guerra, bien sea en dinero o con sus hijos como soldados, evidenciando así la incongruencia de sus posiciones políticas con sus creencias personales. Particularmente me refiero al hecho de que en las iglesias cristianas se enseña sobre el perdón, y cómo a los creyentes les corresponde perdonar sin reservas a quienes les ofendan o ataquen, dejando el juicio únicamente a Dios, entendiendo que todas las personas tenemos la misma condición unos respecto de otros, e igualmente inferiores frente a Dios. Pero esto se queda en el discurso cuando los votantes derechistas se rehúsan a aceptar opciones de reintegración para los excombatientes y excomandantes insurgentes. Esta falta de consistencia lleva a los votantes a tomar decisiones electorales muy radicales y fuertes, sin estar dispuestos a pagar las consecuencias de ello. Mas la política tiene un alto componente de responsabilidad, en tanto la opinión que se exprese, si bien es personal, tiene repercusiones sobre toda la sociedad, convirtiéndose así en una opinión colectiva que debe tomarse buscando tanto el bien común como el consenso social y político, cosa que en unas elecciones presidenciales casi no se tiene en cuenta.

La Percepción de Poder: Las democracias y los sistemas presidencialistas dan vida a una forma de gobierno emanada del hastío aparente de las sociedades frente a las monarquías, en las cuales un sector pequeño de las esferas más pudientes ostentaba el poder por siglos. La historia nos cuenta de revueltas populares y levantamientos ciudadanos gracias a los cuales las monarquías –casi todas- fueron erradicadas y reemplazadas rápidamente con democracias y, con ellas, una falsa sensación de superioridad. Lo anterior lo digo dada la tendencia de los votantes todos a percibir a la figura del presidente como todo poderosa y sin necesidad de responder ante nadie, si bien sí se espera que responda públicamente por lo que dice y hace. Esta dicotomía puede explicarse solamente en el origen monárquico de las sociedades actuales, y su demasiado rápida transición hacia la democracia. Las sociedades democráticas asisten a las urnas para elegir una fórmula presidencial, de la cual en teoría son sus jefes y vigilantes, tras haber asistido a incontables debates y haber comparado apasionadamente las propuestas de todos los candidatos. Sin embargo, cuando vienen las elecciones de congreso, es alarmante –para los defensores de la democracia- ver la apatía y la abstención de voto de quienes usualmente acuden con tanta prisa a elegir al presidente. Siguiendo en esa misma línea, cuando emergen problemas o escándalos la opinión pública es muy veloz en culpar al presidente de turno por lo sucedido, ignorando al resto de la estructura política del país. Del mismo modo, cuando se presentan o aprueban leyes que van en contra del buen juicio popular, se culpa al presidente por lo ocurrido, ignorando al congreso y al proceso legislativo. Así, se nota en las elecciones que el mismo constituyente primario elige a un presidente sin gobernabilidad, enfrentado a un congreso de mayoría opositora a su programa de gobierno. En parte, este fenómeno puede explicarse a partir del machismo evidente en América Latina.

El Machismo: Bien sabido es que hasta años recientes, no era permitido ni razonable que las mujeres votasen. Las mujeres eran percibidas como personas inferiores, cuya opinión política debía ser ignorada, y cuya vida debía limitarse a los quehaceres domésticos. Incluso, en algún momento, no se les permitía hablar del todo en reuniones en las que los hombres fueran quienes guiaran la conversación. Esto ha cambiado ahora, pero hay en nuestras sociedades rasgos de esta actitud que afectan el proceso y el devenir político. Los votantes acuden a las urnas a elegir a un presidente, basados en gran parte en el miedo más común al momento de la elección, puesto que las elecciones son imperantemente emocionales. Así, los votantes eligen muchas veces a quien con sus ademanes, su tono de voz, su forma de vestir, y su comportamiento ante las masas demuestre valentía y combatividad. Como ejemplo presento lo que se decía en la segunda mitad de la década de 1940, cuando Jorge Eliecer Gaitán era candidato presidencial en Colombia. Gaitán, un hombre educado en Europa en una época en la que el solo pensar en el viaje desanimaba a la gran mayoría, era un hombre que se presentaba siempre bien ataviado, a la usanza de los más ricos del momento. No era un hombre dado a saludar personalmente a sus seguidores, ni mucho menos era adepto a pasar tiempo entre ellos. Pero a su electorado no le molestaba esto. Antes bien, se sentía orgulloso de ello diciendo "el jefe no se deja manosear". Hoy en día los candidatos y candidatas son mucho más cercanos a sus electores, aunque hay muchos de estos quienes aún desean al candidato lejano, altivo y poderoso. La diplomacia es vista por muchos como un signo de debilidad, más que de prudencia y sabiduría política, lo que implica que los candidatos que se muestran concesivos son normalmente vistos como menos aptos para el cargo. Lo anterior es especialmente cierto en la derecha política. Incluso a las candidatas que se presentan a las elecciones les es necesario hacer despliegues que las muestren como combativas, a veces en contra de sus propias convicciones. De nuevo, esto es visto por los defensores de la democracia con horror, pues significa que las candidatas deben mostrarse como no son para poder obtener el favor del electorado. Ahora bien, no es esto bueno para la política de ningún país.

El Regionalismo: La afinidad política de gran parte del país está determinada por el lugar de origen de los candidatos. El cariño por el lugar del que se es originario, y el nacionalismo que tantos exhiben en tantas situaciones se expresa en lo político al constituirse como el único criterio utilizado en las elecciones. Se cree que alguien que fue criado con los mismos valores y por personas similares debe ser tan bueno como uno mismo, tomando como punto de partida que uno tiene la razón. Por eso, para muchas personas todo cuanto necesitan saber sobre un candidato para decidir apoyarle con su voto es que haya nacido en su misma región. Este apoyo puede tener consecuencias buenas y malas, a saber: En 1949 se estableció el Grupo Éxito, una cadena colombiana de supermercados que en sus inicios se vio en competencia directa con la compañía norteamericana Sears, que incluso había construido tiendas muy grandes en Colombia. Parecía que no habría forma de vencerlos, hasta que se hizo evidente que el regionalismo colombiano hizo que las ventas de Éxito fuesen mucho mayores que las de Sears, hasta que esta última tuvo que vender sus operaciones en el país y marcharse derrotada. Este trazo cultural colombiano permea las elecciones presidenciales, toda vez que muchas personas votan por alguien a quien conocen, o perciben que conocen por ser originario de su región.

Por las razones anteriormente expuestas, creo que Colombia salió a expresar su bagaje cultural muy claramente el domingo pasado. Para ponerle nombres: el candidato Zuluaga obtuvo muchos votos motivados por el machismo de su posición política y de debate, por la religión que llena las filas de sus electores y por el regionalismo que volcó muchos votos de gran parte del país en su favor. Por su parte, el presidente Santos obtuvo su reelección gracias a la percepción de poder que la sociedad le otorga gracias a haber ocupado ya la presidencia por cuatro años –nótese que en las elecciones parlamentarias el mismo constituyente primario eligió como senador a Álvaro Uribe, detractor del presidente Santos y padrino político del candidato Zuluaga- , y al voto vengativo en contra de la derecha que hizo que muchos votantes quienes no votaron por él en la primera vuelta electoral le dieran su apoyo en la segunda, no a su favor sino en contra del candidato Zuluaga.

Ahora, creo importante decir que desde el inicio de su gobierno el presidente Santos previó el desarrollo electoral del domingo y creó la Unidad Nacional, en la que agrupó a tantos partidos y movimientos políticos como le fue posible asegurando así su gobernabilidad. También es importante aclarar que el presidente Santos se benefició mucho del proceso de paz con las FARC para impulsar su reelección, utilizándolo como vehículo electoral. Esto último fue criticado por algunos, pero yo creo que no estuvo mal. Creo que, en cualquier situación de la vida, mostrar el trabajo que se ha hecho y con ello buscar apoyo popular es lo más natural.

Yo voté por el presidente Santos, tanto en esta elección como en la pasada, hace cuatro años. Creo en su gobierno, y en lo que se puede lograr, no solamente respecto de la paz, sino de su programa social. Soy también un hombre religioso, y he escuchado todo acerca del perdón. Sé, por tanto, que es necesario perdonar a los actuales combatientes y comandantes insurgentes y permitirles que se reintegren a la sociedad civil y sean parte activa de ella. Sé que esto no será fácil, pero sé que será necesario. Sé que hay un gran sector de la sociedad que vive cómodamente y que no se ha visto afectada por la guerra irregular ni por la pobreza, y por ende es muy fácil para este sector apoyar a la derecha. Sé también que están en su pleno derecho de hacerlo, pero sé que no estoy de acuerdo con ellos, al menos no por ahora. Cuando nuestro país enfrente un conflicto armado regular, entonces apoyaré de nuevo a la derecha y su reorganización social en favor de la guerra. Ahora, cuando el proceso de paz ha avanzado tanto, cuando tiene tanta legitimidad como tiene, y cuando existe la posibilidad de que sea exitoso, será esa la opción que apoyaré.